¿UN OBISPO TRABUCAIRE?

5 mayo, 2013
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obispo Uriarte

 

 

 

Si no lo es, lo aparenta o parece tener inclinaciones. Hace tiempo que a este obispo, Uriarte, le huelen las manos a pólvora dialéctica.
La recalcitrante y antigua defensa que viene haciendo a favor de la benignidad en el tratamiento de la causa etarra y sus encausados, hace pedro conde sospechar en su connivencia, si no en los medios sí en los fines.
Cojámoslo por sus propias palabras, para evitar hacerlo por otras partes más sensibles como al dentista, pongamos en evidencia la debilidad de sus propios argumentos y su hipocresía a la hora de aminorar las consecuencias punibles de unos actos criminales de quienes los han cometido, con categorías abstractas de tan elevada alcurnia espiritual. Éstas, entre otras, son las declaraciones que ha hecho a un periódico, para mí innombrable hace años, referidas a la ETA y su sanguinaria historia: “En un enfrentamiento que ha durado 50 años, además de la verdad y la justicia tiene que haber perdón”. Y, con una osadía a prueba de rebelión de una gran parte de la grey cristiana, añade el recurso, nada más y nada menos, que a la autoridad ejemplar y excelsa de Cristo para atemperar el castigo a unos criminales que durante esos 50 años han regado con sangre de varios centenares de inocentes, niños incluidos, las calles de España. Al citarle, bien podría haber recordado el monseñor que el crucificado también dijo: “El que a hierro mata a hierro muere”.
Hay otra parte en ese párrafo, aplicado al caso, que produce como mínimo desasosiego: “…además de la verdad y la justicia tiene que haber perdón”, dice; porque mezclar tres palabras de tan alta concepción ética para abogar en defensa de la historia de una banda de canallas, así reconocida internacionalmente, es grande y temible apuesta. Si un día estos descerebrados planificadores de adánicas y bucólicas naciones, lograran la independencia, monseñor Uriarte y sus clérigos conocerían en propia carne lo que es la metralla; salvo que se descubriera lo que tenemos derecho a sospechar: que son también lobos con piel de cordero pascual.
Analicemos por separado y a la luz de la Historia las elevadas categorías intelectuales y morales a las que acude este prelado. Aparte de que podríamos oponerle juicios, citas, testimonios y libros de eminentes vascos, prohombres de la iglesia, que sostienen, con un bagaje intelectual e histórico superior, lo contrario, veamos esa verdad a la que de manera un tanto confusa -¿la verdad de quién, de los que mataron o de los que fueron asesinados?- recurre este pastor de una iglesia nacionalista. Señor prelado Uriarte, si usted nos demuestra las verdades sobre las que se cura trabucairebasa la causa etarra y extensivamente el separatismo vasco para proclamar la independencia de esa Euskadi, a sangre y fuego de pistola y bomba, esa verdad, a la que recurre como justificante para pedir perdón por los que asesinaron a unos cientos de inocentes en nombre de ella, podría tener, si no justificación humana, sí la referencia histórica de los pueblos que han luchado por su libertad perdida. Atrévase a demostrar con datos, fechas, hechos, en definitiva, con todo el bagaje que exige la Historia para ser tal, que esa Euskalerría, ese País Vasco, esas Provincias Vascongadas, dejaron de ser un solo día de la auténtica Historia de España parte de ésta por haber sido alguna vez nación distinta. No quiero recordarle los más ilustres vascos que participaron por tierra y mar en las más grandes gestas de esa Historia a la que han pasado sin que nadie, ni siquiera estos renegados separatistas, puedan borrar nunca sus hazañas de repercusión universal.
Tiene usted mucha más responsabilidad en su contra que esas generaciones de etarras a los que se les ocultó, no se enseñó y se les tergiversó esa verdad escrita que, con sus luces y sombras, es la Historia de esta nación llamada España; en cuya gestación está el pueblo vasco como uno más de los peninsulares. Es más, por estar lo está con más peso en los orígenes; hasta el propio idioma vasco aparece como partero y padrino en las Glosas Emilianenses, cuya cuna está en el monasterio de San Millán de la Cogolla, en esa Rioja que asienta también su nombre en tierras alavesas. Hasta la tierra común se resiste a la ruptura.
¿O no fue, y lo sabe mejor que yo, un orate, Sabino Arana Goiri, desgajado y frustrado redentor del pensamiento carlista, pensamiento que en las tres guerras decimonónicas levantó bandera por el Dios de todos, la Patria España y el Rey absoluto frente a la monarquía liberal asentada en el trono de Madrid al que aspiraba; no fue aquél, digo, el inventor de esa idílica nación vasca nunca existente? Y si viene a recordarlo, monseñor, añada también que este hombre, Sabino Arana Goiri, a última hora se arrepintió de su error y creó un partido españolista, con lo que vino a mostrar su contrición por haber perpetrado tal pecado de lesa Historia.
Por cierto un estudioso de esa nuestra Historia ha escrito recientemente: “La heroicidad de los carlistas en el campo de batalla no desmiente lo más mínimo que su proyecto era totalmente liberticida y medieval, una Arcadia católica que nunca existió, pero en la que creían”. El proyecto de ETA no calcaría lo de una Arcadia católica, pero lo de liberticida y medieval no lo dude, monseñor, sería un copia exacta.
En ese párrafo que venimos analizando, el obispo Uriarte nombra también a la Justicia. Casi nada. Una mil víctimas, trescientos atentados sin esclarecer, doscientos mil vascos exiliados por la amenaza de las pistolas…criminales con veinte y más asesinados a sus espaldas, supervivientes de esas masacres definitivamente incapacitados física y psíquicamente, familias destrozadas…Y así, como con benevolente rasgo, pide para la Justicia que tiene que caer como un rayo sobe ellos por tanto crimen, el pararrayos del perdón.
El perdón que usted demanda, es un impulso personal, un convencimiento individual de la víctima basados en tan noble y alta creencia como es el cristianismo.. Un Estado de Derecho es, por el contrario, una entidad colectiva que para preservar la Comunidad nacional tiene que aplicar las leyes tan estrictamente como exija la relación entre delito y pena. El perdón, una magnánima decisión frente al repugnante terrorismo de una banda, tiene un tratamiento extraordinario, distinguido por lo particular, lo individualizado y lo jurídicamente técnico. Ahí está Francia, nación curas trabucairesno menos preclara e histórica que España, dándonos una lección de coherencia y justicia. Ha condenado a cadena perpetua a unos terroristas españoles que mataron en su territorio a otros españoles, guardias civiles; acto de insoslayable y alta justicia que parece tenemos miedo de aplicar en nuestra tierra.
¿El perdón? La última palabra la deberían tener los asesinados; pero como no pueden hablar, son sus deudos las que la toman con todo derecho y en su nombre. No usted, monseñor; ni siquiera el Estado. No digamos ya ni los Gobiernos de la nación ni los de Euskadi, que uno tras otro, inexplicable en el caso del Gobierno nacional, lo pretenden a pachas.
Y, para acabar de perfilar y redondear su sentido de la Justicia, usted, señor obispo, se opone a la doctrina Parot. Nos podemos figurar hasta su conversación con un etarra: “Iñaki, eso no debe de hacerse; pero bueno, que sepas que si en el sagrado nombre de nuestra nación vasca no te aguantas y liquidas a uno, el pago es el mismo que por docena y media”.
En cuanto a la percepción del sentido de víctima que tiene este cura con graduación, no podemos más que calificarla de inaceptable por la equiparación que hace entre los lamentos del asesino encarcelado y el dolor de parientes, amigos y compatriotas del asesinado al decir que hay que “transformar el sufrimiento insufrible de las víctimas de cualquier signo en dolor tolerable”; sin caer por su parte en el pequeño detalle de que es más tolerable el sufrimiento del criminal etarra excarcelado bebiendo potes por el barrio que las lágrimas de los allegados alrededor de la tumba del asesinado.
Señor obispo Uriarte, desde aquí le digo, que no mal digo, que nunca, nunca, nunca, asistiría a una misa que usted celebrara. Me sobresaltaría, sin saber adónde tender la mano, al escucharle ese momento de:”Daos fraternalmente la mano”.

 

Pedro Conde

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