ABDICAR, DIMITIR, RENUNCIAR, CESAR…

4 febrero, 2013
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renuncia

 

 

He aquí varios verbos de un mismo campo semántico o colindantes en el significado, cuya aplicación práctica suele ser menos frecuente y generosa de lo que la cruda realidad y sus circunstancias exigen a quien debiera estar obligado a su ejecución.

Aquí no abdica, ni dimite, ni cesa, ni renuncia nadie; de aquí, sólo se van los decentes; pero ¡son tan pocos! Malos tiempos corren para la vida de estos vocablos; de seguir así, el diccionario los sacará de su orden alfabético por falta de uso; serán declarados obsoletos, si el Dios de la Justicia no los socorre.

En estos momentos, la corona de España, mejor dicho, a los ominosos coronados con ella, les está costando asumir una realidad que desborda la real causa por conductas impropias de sus protagonistas. Hablo en plural porque son dos, rey y reina, que evidentemente comparten todo menos la cama, según el vulgo.

En abdicar, que tiene varios significados, uno de ellos es preponderante en el uso; es el que se impone sobre los otros porque es el más conocido en el no muy variado y cuantitativo lenguaje de ese vulgo, léase pueblo. Si se dice abdicar, el primer concepto que acude a la mente de todo el mundo es el de la renuncia a la corona de un rey o reina.

Estos días ha sido noticia universal la abdicación de la reina de Holanda a favor de su hijo. Qué coincidencia por cierto en la cronología de los titulares de las dos coronas, la de España y Holanda. Los dos abdicantes tienen la misma edad; los dos recipientes de la corona son también coetáneos. ¿Qué les diferencia? ¡Uf! Mucho. La reina de los Países Bajos parece estar en perfecto estado físico; el rey de España, un carcamal, dicho sea con todos los respetos, por más protestas que haga él mismo de estar en plena forma. Salvo que nosotros le miremos por detrás del espejo del hada en que él se contempla. De los herederos, guardaremos silencio de momento para favorecer en algo a España. En cuanto a las dos casas reales, es tal la diferencia de grado en cuanto a las conductas que mejor sería poder callar como españoles. ¡Qué escándalos reales, qué reales escándalos! En la casa de Orange, título de la dinastía holandesa, hace unos años, el padre de la actual reina dimisionaria, el príncipe Bernardo, estuvo implicado en un asunto de cobro de comisiones a la empresa Lockheed, de ingeniería aeronáutica. A raíz de este escándalo y algún otro de faldas, se le desposeyó de títulos y honores. No le salvaron ni sus servicios como aviador, con consideración de héroe, contra los alemanes en la II Guerra Mundial. A la casa de Borbón, en España, le asedia   ahora mismo la corrupción, que como una hidra se empieza a enroscar al trono y a punto de asfixiar a quien lo ocupa.

En estos días y en ese estado de las cosas, va la reina Beatriz de Holanda y abdica en favor de su hijo. La noticia ha sido, para España en especial, como una bomba; ésta, como si fuera de racimo, ha extendido en todas las direcciones y sobre un estado de ánimo ya muy excitado y expectante, opiniones y deseos, simpatías y antipatías, especulaciones y vaticinios, dudas y afirmaciones, etc., etc. Todo ello a caballo de un proceso por corrupción con variantes diversas de otros presuntos delitos cometidos por un yerno, cuya esposa, una infanta, comienza a asomar su cabeza entre los legajos. De tiempo atrás y de manera inevitable, muchos ciudadanos españoles se vienen haciendo una pregunta: ¿a qué distancia del cuerpo del delito estaba y está el padre, el rey, y después de varios años en que estalló el asunto y los torpes movimientos realizados para ocultarlo o disminuir el impacto? Porque no olvidemos; también de tiempo atrás, son varios los “affaires”, los hombres, con nombre, de paja quemados, noticias de prensa internacional que apuntan a una presunta abultada fortuna, como para que una parte de la opinión pública guarde silencio y no se embravezca frente al trono. Todo, en el marco actual de una misérrima situación económica y moral de España.

Con ese panorama, se suscita otra irremediable pregunta: ¿Ha llegado el momento de la abdicación? Para muchos sí. Por aptitudes físicas; pero sobre todo, por actitudes morales. Sí, por su propio bien; por su propia supervivencia, de lo que a un republicano como el que esto escribe le importa un bledo. Mas, es España, nuestra nación y patria, la que necesita reposo mientras madura otra forma de Estado en consonancia con el siglo, el XXI ya de nuestra era, incompatible con instituciones mayestáticas que casan mal con soberanos derechos de ciudadanía.

Por otro lado, a quienes defienden la permanencia en el trono del actual Jefe del Estado por servicios hechos por éste a España y la actual democracia, hay que argüirles, que al margen de las razones físicas, éticas y morales del personaje, expuestas antes, para su abdicación, deberían revisar o al menos profundizar en el conocimiento de sucesos que se le atribuyen poco menos que como hazañas en esos servicios cuando existen muchos datos que avalan la duda y presuponen lo contrario. El 23-F de 1981, por ejemplo. O el silencio ante el 11-M de 2004; otro ejemplo. Si alguien necesita alguno más, que lea; algo de lo que se hace muy poco en España. Así nos va. Un pueblo que no lee es como un organismo que no come; se queda “esmirriao” y salta a la vista que está famélico y enfermizo y, además, expuesto a todo tipo de enfermedades e infecciones.

Por otra parte, la renuencia del rey, Juan Carlos de Borbón, a abdicar pone en sospecha a una gran parte de la población. Si su estado físico es el que es, si su torpe conducta ética le ha hecho pedir público perdón, algo inédito en la historia de los reyes de España; si los indicios y suspicacias sobre oscuros negocios le rodean por todas las partes qué y por qué no dimite a favor de su hijo del que se dice tiene una conducta más limpia, 45 años, plena madurez y buena preparación.

¿No se da cuenta, su majestad – ¡vaya expresión a estas alturas de los tiempos!, se me atraganta- que el heredero, en esa espera, puede quedar socarrado por el fuego de la corrupción y tostarse antes de tiempo?

 

        

        NUÑO DE CASTRO

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One Response to ABDICAR, DIMITIR, RENUNCIAR, CESAR…

  1. Jose Garduño on 12 septiembre, 2014 at 4:26

    Sr. Un uso del español y de la narrativa como pocos, me gusto mucho, felicidades.

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