LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES

13 octubre, 2012
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Puntos sobre las IES

 

 

 

Hace unos días, en estas mismas páginas de ÁGORA HISPÁNICA, Nuño de Castro ha puesto concreción a este dicho popular y genérico en un asunto que no admite réplica, salvo que ahora se nos venga a decir que aquel acto del que nació nada menos que una Constitución fue una D. Pedro Conde Soladanamentira pactada. Afirmación que de ser cierta no podrían aceptar millones de españoles que dieron su sí a aquel texto de 1978, que hacía posible a su vez la convivencia en democracia a España, a las regiones diversas que la integran y, en definitiva, a todos los españoles.

Y quienes, por el contrario, exigimos ahora con más fuerza y no menos derecho su cumplimiento somos  aquellos que abstuvimos nuestro voto por no estar conformes con la redacción del artículo 8º del que presentíamos nos iba a traer  quebraderos de todo orden, como  así ha sido, y, sin embargo, aceptamos democráticamente los resultados de las urnas, como debe ser en una democracia auténtica. Duda que ahora nos cabe en que ésta lo sea cuando unos y otros, con máximas responsabilidades,  vienen incumpliendo las reglas de juego de la misma y de la que la Constitución es su texto normativo.

Hablando de incumplimientos y como ejemplo espigamos algunos de entre los muchos que se están dando hoy. Constitucionalmente, el Presidente de una Comunidad Autónoma es el máximo representante del Estado en la misma; es decir, es el propio Estado en esa Comunidad. Pues bien, ahí tenemos un par de ellos como paradigma de la contradicción, por no decir de la traición, a la propia y obligada función que representan. Ahí  están proclamando la secesión, la independencia, la ruptura de la nación de cuyo Estado son, según la propia Constitución, representantes máximos en la Comunidad que gobiernan. Por añadir otro de no menor relevancia y transcendencia: la desobediencia y el desprecio de que hacen gala estos mismos individuos, reyezuelos de pegujal,  y sus secuaces, todos con genes taifeños, de los mandatos de uno de los tres poderes del Estado, el poder judicial, representado en máxima instancia por el Tribunal Supremo, de cuyas sentencias hacen befa y gala pública en su incumplimiento.

Y al fondo, como mala costumbre sin castigo, la Constitución violentada, violada y escarnecida.

Es tanta la insensatez de estos vacuos y mentecatos nacionalistas que en los huracanes de fronda que levantan no ven o no quieren ver en su ambición de emires de taifas cómo esos vientos desatados se llevan por delante valores, no digamos ya el de la unidad que es un valor en sí mismo, como viene a decir Nuño de Castro, sino el de tesoros milenarios de cultura como es el idioma común, el español o castellano, contraponiéndolo con odio cainita a sus hermanos: el catalán, el gallego, el vasco, el valenciano, etc., como si  en vez de escribirse todos con la misma pluma en la mano hubiera de hacerlo  cada uno con una bayoneta tintada en sangre.

Pero ¡a tanto llega su torpeza! En vez de cultivar y abundar en el saber, en vez de dotar a las juventudes de esas Comunidades de instrumentos que son en sí mismos un valor de tasa universal, como es el idioma español, intentan anularlo y arrebatárselo de ese de ese acervo común de cultura que les pertenece por herencia histórica. Es como si a un hijo, sus padres le detrajeran de la herencia un bien inestimable que el resto de los hijos ha recibido individualmente.

Veremos si algún día no lejano estos hijos insensatamente desheredados, estas generaciones demediadas en tal herencia cultural, cuando abandonen la masía, el pazo o el caserío y viajen a las anchas avenidas de la cultura universal no echan de menos esta parte que se les ha negado de la misma.

Pero, por si acaso, los reyezuelos, estos nacionalistas que niegan a sus ciudadanos el goce de ese tesoro común y propio del idioma español, sabemos que llevan a sus hijos a caros colegios bilingües o trilingües, donde les enseñan el mejor español.

Ejemplo esperpéntico y culmen de la torpeza es el de ese charnego, nacido en Andalucía, un tal Montilla, que fue nada más y nada menos que Presidente de la Generalitat. Ni él podría haber llegado a más ni ésta a menos. Y no por charnego sino por renegado e inculto; pero no tan tonto  como para no haber buscado para sus hijos el mejor colegio por lo menos bilingüe de Cataluña.

Y mientras,  un Tancredo coronado contemplándolo todo con estúpida sonrisa borbónica.

 

Pedro Conde Soladana

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